La batalla de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, fue un acto de defensa de la Confederación Argentina frente a la invasión conjunta de las dos grandes potencias europeas, Francia e Inglaterra. La fecha constituye un acto de reafirmación y una oportunidad para repensar los sentidos de la soberanía.
En noviembre de 1845, dos de las principales potencias industriales europeas de la época, Francia e Inglaterra, con flotas de guerra secundadas por casi un centenar de buques mercantes, avanzaron sobre las costas del territorio del Río de la Plata, adentrándose en el río Paraná. La Vuelta de Obligado, en el actual partido de San Pedro, provincia de Buenos Aires, es un lugar donde el cauce del río se angosta y gira, y en el que las tropas de la Confederación Argentina, al mando del general Lucio N. Mansilla, intentaron bloquear el paso de la escuadra anglofrancesa.
En el largo proceso de construcción de la actual República Argentina durante todo el siglo XIX, la etapa de la Confederación estuvo sustentada en el Pacto Federal de 1831 que reguló las relaciones interprovinciales hasta la sanción de la Constitución Nacional en 1853. Tras este pacto, los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos derrotaron militarmente a las fuerzas unitarias de la Liga del Interior integrando a las otras nueve provincias entonces existentes a la Confederación Argentina. En este orden político, cada provincia mantenía su independencia y soberanía, delegando en Buenos Aires la representación de las relaciones exteriores a cargo de su gobernador, Juan Manuel de Rosas.
El sistema de pactos y alianzas no impidió la continuidad de los enfrentamientos entre facciones y bloques de poder por la forma de organización política y el control de los recursos económicos estratégicos. En este escenario, los sucesos de la Vuelta de Obligado expresaron la resistencia de una soberanía estatal aún en construcción frente a una poderosa fuerza invasora, en condiciones abrumadoramente desiguales.
Las necesidades expansivas de las potencias europeas como consecuencia de la segunda Revolución Industrial, influyeron en los enfrentamientos que se profundizaron a partir de 1839 en el Río de la Plata, tanto en Uruguay como en la Confederación. La necesidad mercantil de la libre navegabilidad de la cuenca del Río de la Plata-Paraná, controlada por el gobierno porteño, y el fracaso de la alianza con los grupos liberales de ambas márgenes del río, llevaron a Inglaterra y Francia a dejar de lado su competencia por el predominio de áreas coloniales y orientar su accionar unificado al enfrentamiento bélico. Alegaban defender la independencia de la Banda Oriental, ya que el largo sitio de Montevideo por fuerzas rosistas, perjudicaba sus intercambios con el puerto oriental.
Si bien las fuerzas de la Confederación fueron superadas tras largas horas de combate y en enfrentamientos sucesivos, Francia e Inglaterra no cumplieron su objetivo, al comprobar que los mercados internos del litoral no poseían el dinamismo económico esperado. Sin embargo, el bloqueo anglo-francés del puerto de Buenos Aires se prolongará hasta 1848. Agotada la intervención armada, cuyo costo se evaluó oneroso al no reportar los beneficios esperados, “la política de las cañoneras”, como se la llamó, fue reemplazada por la diplomacia. En los tratados de paz de 1849 y 1850, Rosas se comprometió a retirar sus fuerzas de Montevideo liberando su puerto. A cambio, Inglaterra asumió el compromiso de evacuar la isla Martín García, donde permanecía su flota, poniendo fin al bloqueo y reconociendo la navegación del Paraná como un asunto interno de la Confederación.
Estos hechos fueron reconocidos como un triunfo de la política internacional argentina, incluso por los adversarios de Rosas, y celebrados como una victoria de la causa americana por figuras como José de San Martín. El combate de la Vuelta de Obligado fue recuperado como un acto de reafirmación política contra la injerencia extranjera. Paradójicamente, las bases económicas de la precaria hegemonía política favorecieron a una clase en formación que no estaba interesada en la unidad nacional, como demostró en 1852 el proyecto secesionista de Buenos Aires, que se separó del resto de la Confederación hasta la batalla de Pavón en 1861.
Durante el gobierno de Rosas se había logrado consolidar la inicial acumulación de capital de los hacendados porteños y sus saladeros: desde la década de 1820 con la progresiva expansión de la frontera productiva sobre el territorio indígena y el aumento de la actividad ganadera, habían logrado elevar la producción de la campaña y aumentar significativamente las exportaciones. Los sectores comerciales porteños, dependientes e intermediarios del capitalismo europeo y favorables al libre comercio, se vieron subordinados al sector terrateniente asentado en la gran propiedad de la tierra. No fue menor en este proceso el desarrollo del “negocio pacífico de indios”, un sistema de negociación entre autoridades estatales y caciques, que incluía el asentamiento y la prestación militar en las fronteras por parte de “indios amigos” y acuerdos de paz con grupos de tierra adentro, o “indios aliados”, a cambio del racionamiento de bienes de uso y consumo por parte del gobierno porteño.
El monopolio de Buenos Aires en el comercio ultramarino, la libre navegación de los ríos y el reparto de los ingresos de la Aduana siguieron presentando conflictos que llevaron al derrocamiento de Rosas en Caseros, en 1852. Las elites comerciales y terratenientes confluyeron entonces, ante las nuevas oportunidades que ofrecía la “fiebre del lanar” para el comercio con Inglaterra, paradójicamente el destino de Rosas en su exilio.
El 20 de noviembre fue declarado como “Día de la Soberanía Nacional” mediante la Ley 20.770 en septiembre de 1974. En 2010, se aprobó su celebración como feriado nacional en toda la República Argentina.
En un presente signado por el reforzamiento de lazos neocoloniales y cuando el reclamo histórico por la soberanía de las Islas Malvinas, la Antártida argentina y el Atlántico sur permanece silenciado ante la subordinación económica a los intereses geopolíticos y estratégicos estadounidenses, la fecha vuelve a convocarnos a seguir pensando desde la Escuela los sentidos y los alcances de la soberanía nacional.
