El 9 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán declaró la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, ratificando la ruptura con el orden colonial español que había impulsado la Revolución de Mayo. Más de dos siglos después, la historia nos invita a imaginar otros futuros posibles.
La declaración de la Independencia en 1816 se celebra como un acontecimiento fundante de un proyecto nacional que culminó en la creación del Estado argentino. El relato oficial suele perder de vista los antagonismos que definieron aquella coyuntura histórica, en la cual diversas alternativas pugnaban por imponer proyectos de sociedad irreconciliables, al punto tal que el período que siguió a la declaración de independencia estuvo signado por la guerra civil. Las múltiples posibilidades que abrió la gesta emancipadora, con sus paradojas y complejidades, ofrecen claves para reflexionar sobre el tiempo presente.
La Asamblea del año XIII fue el primer congreso constituyente y un antecedente inmediato del Congreso de Tucumán: al haberse declarado soberana, rompió con la autoridad de España y adoptó decisiones que afirmaban una senda independentista. Aunque no cumplió el cometido de dictar una Constitución -como tampoco lo haría el de 1816, quedando esa tarea postergada hasta 1819-, la Asamblea representó, en sus primeros tramos, el momento más radical de la revolución, con la sanción de la libertad de vientres, la extinción del tributo y de formas de servidumbre indígena como la mita y el yanaconazgo, la libertad de prensa y la supresión de los títulos de nobleza. El Congreso estuvo dominado por grupos porteños de posición centralista, mientras que la posición federal tuvo su epicentro en la Banda Oriental, bajo el liderazgo de José Gervasio Artigas, promotor de la Liga de los Pueblos Libres, que llegó a reunir a Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y los pueblos de Misiones.
Mientras las luchas independentistas se extendían en toda la América hispana, la hegemonía napoleónica en el continente europeo había sido sustituida por la Santa Alianza. El absolutismo monárquico fue restaurado en 1815 con un nuevo orden conservador. Al momento en que se declaró la independencia de las Provincias Unidas, España había logrado recuperar casi todos sus dominios en América. En este escenario desfavorable, el 9 de julio de 1816 el Congreso Constituyente se reunió en Tucumán, ante la necesidad de dar señales de fortaleza en el frente norte. En el Acta firmada por 29 representantes de Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Salta y Jujuy -pero también de Chichas, Charcas, Cochabamba, Mizque y Chuquisaca, que luego pasaron a ser parte del territorio boliviano-, se proclamó la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. El documento fue traducido a las lenguas quechua, aymara y guaraní, en reconocimiento a la población indígena como parte fundamental de la lucha por la emancipación.
La situación internacional hacía difícil pensar que las principales potencias reconocieran un gobierno republicano. Pero ninguno de los proyectos monárquicos constitucionales fue viable en el Río de La Plata, pese a la propuesta inicial de Manuel Belgrano de coronar a un descendiente inca y de las misiones diplomáticas enviadas a las cortes europeas en busca de algún príncipe dispuesto a ser coronado en estas tierras. Los diputados del Congreso de 1816 acuñaron el lema “fin a la revolución, principio al orden”, expresión de un cambio político en la correlación de fuerzas respecto de la etapa inicial. La profundidad del conflicto entre los sectores dirigentes del interior y del puerto de Buenos Aires pronto daría lugar al surgimiento de entidades territoriales autónomas.
Con este panorama, la nación en ciernes distaba de la imagen homogénea que luego se impondría en el relato oficial, construido a fines del siglo XIX, tras la unificación del Estado argentino. Los conflictos en torno a las formas de organización institucional se enraizaban en una disputa por el control de recursos económicos estratégicos. Los grupos dirigentes criollos completaron la liberalización del comercio comenzada en el siglo anterior para vincularse directamente con los mercados mundiales, política alentada, a su vez, por la monarquía británica. La élite porteña intentó mantener sus privilegios comerciales frente a los grupos dominantes de regiones más dinámicas como el litoral, orientándose a la actividad ganadera extensiva.
El cambio en la realidad de los pueblos indígenas que mantenían su soberanía política y territorial en el espacio pampeano y chaqueño ofrece otra mirada del proceso de conformación del Estado nacional. Distintas parcialidades indígenas participaron en las fuerzas revolucionarias y también en las realistas, y se aliaron tanto con unitarios como con federales. Allí donde los pueblos originarios se habían mantenido independientes del control de las autoridades coloniales, los gobiernos republicanos desconocieron los acuerdos previos. La progresiva expansión de la frontera agropecuaria penetró cada vez más en estos territorios. Finalmente, las campañas militares que los incorporaron al Estado nacional no sólo acabaron con la autonomía indígena, sino también con el largo proceso de relaciones pacíficas entre pueblos indígenas y criollos.
Frente a la ficción de una construcción nacional lineal y monolítica, es necesario reponer la imagen de una historia atravesada por el conflicto y la existencia de múltiples alternativas y dinámicas espacio-temporales, en la cual el horizonte de la americanidad fue paulatinamente desplazado por la construcción de las “patrias chicas”.
A más de dos siglos de las independencias, las “venas abiertas” de América Latina siguen poniendo en escena los límites de la soberanía frente a la sujeción política a las potencias y organismos internacionales, la creciente extranjerización de la tierra, la profundización del extractivismo y la privatización de los bienes comunes.
El tiempo presente invita a revisar la historia con sus luces y sombras, repensar la revolución y la independencia desde los proyectos en disputa y recuperar la dimensión de la utopía en la esperanza de que otros futuros son posibles.
