La educación como derecho humano y la educación en derechos humanos deben orientar el funcionamiento de todo el sistema educativo como un horizonte común de sentido y de acción colectiva. Por eso, especialmente en tiempos de auge global de políticas autoritarias y de retroceso en las conquistas sociales, reafirmamos los derechos humanos como principio transversal educativo, suscribiendo a todas las iniciativas que se promueven en esta materia desde la Secretaría de Derechos Humanos y Políticas de Igualdad de la UNLP.
El trabajo en y para los derechos humanos debe abordar en la enseñanza todas sus dimensiones: social, económica, científica, cultural, de género; y su incidencia colectiva hacia una sociedad más justa e igualitaria que garantice su protección y ejercicio en plenitud.
La perspectiva de derechos humanos se nutre de una agenda social viva, impulsada por un conjunto amplio y diverso de actores sociales, que incluye al movimiento estudiantil, al sindicalismo, a los feminismos, transfeminismos y disidencias sexuales, movimientos y organizaciones sociales territoriales, ambientalistas, antirrepresivas, antirracistas; de trabajadores de la economía popular, indígenas y afrodescendientes; jubilados, colectivos de personas con discapacidad, migrantes, privadas de su libertad o liberadas, entre otros. Esta amplitud de sujetos interpela los sentidos de la educación al nombrar las múltiples opresiones cuyo entramado revela la mirada interseccional y el principio de interdependencia de los derechos humanos.
Es urgente educar en y para los derechos humanos en momentos en que las políticas de Estado los vulneran en forma sistemática. Cuando la crueldad se vuelve pedagogía, el pasado es capaz de iluminar no sólo los mayores actos de barbarie de la humanidad, sino también las resistencias y luchas sociales en las que se reconoce la genealogía de las injusticias y la construcción de derechos del presente.
La construcción de prácticas democráticas responsables desde la escuela supone el rechazo a toda forma de discriminación, junto con la condena a la violación sistemática de los derechos humanos y a su peor expresión, el genocidio. La negación o reivindicación del genocidio y su correlato en el vaciamiento de las políticas estatales de memoria, la negación de las violencias por razones de género y el avance de discursos de odio hacia la diversidad; la negación del cambio climático asociado al calentamiento global y las afrentas contra la universidad y la ciencia públicas, nos impulsan a reafirmar nuestro compromiso en este campo como apuesta ética y política.
Transversalizar los derechos humanos requiere instancias de participación y construcción colectiva que sean capaces de disputar sentidos y contribuir a recomponer los lazos sociales. Frente a la normalización del individualismo, la crueldad y la desigualdad, creemos necesario sostener una pedagogía de lo común y de los derechos humanos, desde una conciencia histórica que nos reencuentre con la utopía y la esperanza de que todo es aún posible.
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